Cómo nació nuestro grupo terapéutico para niñas con altas capacidades – y que ocurrió en la primera sesión
El origen
Hay ideas que nacen de la observación clínica. De ver un patrón que se repite en consulta y pensar: ¿y si juntamos todo esto?
Durante meses, fui atendiendo a niñas con perfiles muy similares. Altas capacidades. Edades parecidas. En plena etapa de empezar muchos cambios de los que descolocan. Con esa sensación tan característica de tener que esconderse un poco para encajar — de ser demasiado intensas, demasiado sensibles, demasiado todo — en entornos que no siempre saben cómo acogerlas.
Muchas de ellas arrastraban dificultades de socialización no porque no supiesen relacionarse, sino porque relacionarse con sus iguales cronológicos les resultaba agotador. El nivel de conversación, los intereses, el ritmo emocional — todo era diferente. Y esa diferencia, sostenida en el tiempo, genera un tipo de soledad muy particular.
La pregunta que me fui haciendo era sencilla: ¿qué pasaría si estas niñas se encontrasen entre sí? ¿Que pasaría si tuviesen un lugar dónde ser ellas mismas no estuviese reñido con poder encajar?
Así nació la Octaestrella.
¿Qué es la Octaestrella?
La Octaestrella es un grupo terapéutico pequeño, íntimo y muy cuidado, diseñado específicamente para niñas con altas capacidades en edad prepuberal.
No es una actividad extraescolar. No es un taller. Es un espacio terapéutico donde el grupo en sí mismo es la herramienta — donde el encuentro entre iguales tiene un valor que ninguna terapia individual puede replicar del mismo modo.
Los objetivos del grupo son varios. Que cada niña pueda mostrarse tal como es, sin necesidad de enmascarar ni adaptar su forma de ser. Que encuentre referentes reales — otras niñas que sienten, piensan y viven de forma parecida. Que desarrolle habilidades sociales en un entorno donde la diferencia no es un problema sino el punto de partida. Y que construya, junto a las demás, una red de pertenencia real. De forma que cuidemos su autoestima, emocional y social y se encuentren en entornos de pertenencia real.
El nombre no es casual. Una estrella de ocho puntas — la octaestrella — es una figura que solo existe cuando todas las partes se unen. Y aunque todas estan hechas de polvo de estrellas, es juntas cuando forman algo nuevo, estable y luminoso. (Por cierto, el nombre es merito de ellas).

La primera sesión
Diseñar la primera sesión fue un ejercicio de equilibrio muy delicado. Quería que las niñas empezasen a conectar de verdad — pero sin que nadie se sintiese demasiado expuesta demasiado pronto. Con niñas de altas capacidades, la hipervigilancia social es frecuente. Leen el entorno con mucha precisión. Notan la falsedad, la presión, el artificio. Si algo no les parece auténtico, se cierran.
Así que el objetivo de esa primera sesión no era que se conociesen del todo. Era que empezasen a confiar en que este era un espacio seguro.
Empezamos en el suelo, en círculo. Cada una dijo su nombre, su edad y algo que le gustase de sí misma. Una pregunta sencilla, pero no tan fácil de responder cuando llevas tiempo creyendo que lo que eres es demasiado.
Mientras hablaban, íbamos lanzando un ovillo de lana de una a otra, pasándonos el turno de palabra. Cuando terminamos, entre todas habíamos tejido una red visible, física, real. Les señalé lo que habían creado sin proponérselo: «Aún es el principio. Esta red tiene pocas pasadas. Pero conforme nos vayamos encontrando, irá siendo cada vez más fuerte y más densa. Hasta el punto de poder sostenernos.»
La segunda dinámica trabajó la comunicación no verbal. Pegué en la espalda de cada una el dibujo de un animal sin que pudiesen verlo. Sin hablar — solo con gestos, expresiones y movimiento — tenían que darse pistas para que cada una adivinase su animal. Y después, también sin palabras, debían agruparse siguiendo algún tipo de lógica propia.
Se agruparon en aves y mamíferas.
Fue una dinámica muy divertida que rompió el hielo de una forma que la conversación directa no habría conseguido. Además activó algo que en estas niñas es muy natural: el pensamiento divergente y la capacidad de establecer relaciones lógicas entre conceptos no directamente relacionados. En el fondo, estaban haciendo lo que mejor saben hacer — pensar de forma diferente — pero en un contexto social y lúdico.
La tercera dinámica fue de cooperación. Con las manos atadas por parejas, tenían que encontrar dulces escondidos por la sala y conseguir depositarlos en su vaso — sin usar las manos directamente. Las aves formaban un equipo, las mamíferas otro.
Un equipo ganó por bastante al otro.
Cuando terminó la dinámica, les hice una pregunta: ¿queréis quedaros cada equipo con lo que habéis conseguido, o preferís compartirlo con el otro equipo?
El equipo que más había conseguido tomó la palabra. Querían compartir.
No dudaron. No negociaron. No esperaron a ver qué decía el otro equipo. Simplemente eligieron compartir, de forma espontánea y generosa, incluso cuando la dinámica había fomentado la competición.
Multipliqué los dulces para todas. Porque cuando compartes siempre ganas más. Ese fue el mensaje que nos llevamos: ganamos mucho más compartiendo.
Para cerrar la sesión, volvimos al círculo en el suelo. Les pedí que dijesen con qué color se iban.
Amarillo radiante. Dorado. Arcoíris y brilli brilli.
Todas conectaron con una alegría interior muy intensa. Y todas se reconocieron en esa intensidad — esa que a veces les ha pesado, que a veces les ha hecho sentir raras, pero que ese día vivieron como lo que realmente es: un regalo.
Lo que aprendimos en esa primera sesión
La Octaestrella lleva pocas sesiones y ya está demostrando algo que yo intuía pero que es emocionante ver confirmado: estas niñas no necesitan aprender a relacionarse. Necesitan un espacio donde relacionarse no les cueste tanto. Un espacio donde no tengan que traducirse constantemente para ser entendidas.
Cuando ese espacio existe, florecen de una forma que es difícil de describir con palabras. Lo que ocurrió con los dulces no estaba en el guión. Emergió solo, de la propia naturaleza del grupo. Y eso es exactamente lo que hace que el trabajo grupal sea tan poderoso: el grupo genera cosas que ninguna sesión individual puede generar.
¿Tu hijo/a podría necesitar una Octaestrella?
Si mientras leías has pensado en tu hijo/a — en esa intensidad suya, en esa sensación de no terminar de encajar, en ese agotamiento de tener que adaptarse continuamente — este espacio podría ser para él/ella.
Nuestra primera Octaestrella está siendo con un grupo muy cuidado de niñas de 9 a 12 años con altas capacidades o perfil de alta sensibilidad, que estén atravesando la etapa prepuberal y que se encontraban con situaciones y vivencias muy parecidas entre ellas. Pero está siendo un trabajo tan gratificante que nos gustaría acompañar a más grupos; los grupos son pequeños, necesitamos que se genere intimidad y compromiso para que se pueda cuidar cada dinámica cómo se merece.
Si quieres saber más o apuntarte a la lista de espera para el próximo grupo, escríbenos. No hace falta tenerlo todo claro para preguntar. Solo hace falta la duda. 🌿
Anaïs Cerrillo Psicóloga especialista en Altas Capacidades · Directora de El Baobab Psicologia

